Una vez más

Paisaje de árboles cubiertos de nieve contra un cielo nuboso.
Photo by Todd Trapani on Pexels

La chica corre sin mirar atrás. Le arde el pecho y tiene la ropa empapada en sudor. Bajo sus pies, una rama se parte con un estruendo de astillas y una docena de aves alza el vuelo entre graznidos. Recortadas contra el cielo parecen jirones de ceniza.

La carrera la lleva hasta un terraplén. Cae y se golpea contra las piedras escondidas bajo la nieve. Los huesos se parten bajo la carne. El dolor la hace gritar. Quiere vomitar, pero se obliga a continuar la huida. Frente a ella hay una línea de árboles. Aprieta el paso.

El jinete llega a la cima del terraplén y detiene su caballo. El animal cabecea nervioso. El jinete sonríe y desenfunda el rifle que lleva amarrado a la silla. Mientras le habla al caballo en voz baja, para tranquilizarlo, monta el percutor con el pulgar, apoya la culata en el hombro y pone a la chica al otro lado de la mirilla. Observa sin prisa y en su mente hay silencio. No se sorprende por lo poco que se necesita conocer a una persona para acabar con su vida. No sabe que el abrigo que lleva la chica se lo regaló su madre tras la feria del año pasado. Que la pulsera de su muñeca se la trenzó una amiga de la que ya solo conserva el recuerdo de su risa. El jinete no sabe nada y aún así, cierra un ojo, contiene la respiración y tira del gatillo.

La chica escucha el disparo restallar en la pradera. Un golpe en la espalda la tira al suelo. No siente dolor. Intenta levantarse pero no lo consigue, así que se arrastra sobre la nieve hasta que los brazos se niegan a obedecerla. El frío le trepa desde las piernas y la devora. Se da la vuelta y mira al cielo, ya sin aliento. Ha dejado de nevar.


Ahora todo vuelve a empezar. El universo se inflama y se expande y donde antes no había nada ahora hay luz. Pasa el tiempo, que aún no tiene sentido ni forma. Aparecen etéreas nebulosas de hidrógeno, litio, helio. Ojos que no existen ven los corazones de las nebulosas espesar, compactarse y estallar. Nacen las primeras estrellas y danzan en silencio. Se organizan en galaxias y en el centro de las galaxias hay agujeros en el mismo tejido del espacio que destruyen cuanto tocan. Las estrellas se agotan y se deshacen en luz. Nacen y bailan y mueren y vuelven a nacer.

En una galaxia ordinaria hay una estrella y en torno a la estrella hay un planeta ordinario. Miles de pedazos de roca y hielo se estrellan contra él y lo quiebran y lo incendian. Cuando los cielos dejan de llover fuego el agua inunda las simas y cuencas y el tiempo pasa en ciclos de días y noches indistinguibles entre sí. En las profundidades nacen los primeros seres vivos. El planeta dará centenares de millones de vueltas a su estrella hasta que los primeros organismos se aventuran fuera del agua. Imperfectas copias de copias que se adentran en la tierra y germinan y se alimentan y se reproducen y mueren.

La vida surge y se agota casi por completo y de las cenizas vuelve a brotar. Unos animales descienden de los árboles a la sabana y viajan en busca de alimento. A veces se matan entre ellos. Erigen cabañas, y después aldeas, e inventan nombres para las cosas que ven y tocan y aquellas que solo existen en sus mentes. En busca de algo, viajan y pueblan cada rincón del planeta y después crean estructuras de metal con las que surcan el cielo, y otras mayores con las que se adentran en la negrura de más allá, y pronto pisan las playas y las arenas de otros planetas que no son suyos.

El planeta del que una vez salieran todos muere. Quienes habitan sistemas remotos se sienten abandonados y dejan de mirar hacia lo que dejaron atrás en busca de guía. Entonces empiezan a matarse como hicieran antes.

Ahora hay una mujer en una granja. Da a luz a una niña y se promete que no conocerá el horror. El padre de la niña la lleva en brazos al porche y le señala las estrellas del cielo y le recita las historias que su padre le contase a él. Imagina cómo será enseñarle a esa niña que sostiene en brazos cuanto él sabe, verla corriendo entre huertos y también por el bosque, jugando con otros niños y riendo. Imagina lo feliz que será y también teme la tristeza y el dolor.

La niña tiene siete años. Su madre la recoge temprano de la escuela y la niña se asusta. Se montan en el coche pero la mujer no arranca. Se gira y mira a su hija y llora mientras le explica lo que ha ocurrido. La niña se acaricia una pulsera en torno a la muñeca y recuerda a la niña que se la regaló. Cuando la mujer termina de hablar, abraza a su hija y es entonces cuando ella rompe a llorar.

La chica tiene trece años. Llega el frío y por las noches la familia se reúne junto al fuego y pone la radio. Contienen el aliento y escuchan cómo la ruina se abate cada vez más cerca. La mujer abraza a la chica y recuerda cuando todavía cabía entre sus brazos. El hombre se restriega los ojos y se marcha al porche y bebe a solas. La chica quiere salir con su padre y que le vuelva a contar historias sobre gentes que ya no viven y lugares que nunca visitarán pero su madre la retiene junto a sí.

Una noche nadie habla al otro lado de la radio y la familia permanece junto al fuego en silencio. Es ya de madrugada cuando la mujer manda a la chica a la cama. Ella se queda junto a su marido y le quita el vaso a medio beber de la mano y lo vacía de un trago. Se levanta, sale de la casa y vuelve cargando una escopeta y una caja de cartuchos. Se sienta y se pone la escopeta sobre las piernas y los cartuchos junto a la radio. Sus manos tiemblan mientras carga la recámara. El hombre la observa hacer.

La chica está tumbada en la cama y mira al techo y se pregunta si aquellos a quienes conoce viven. Al filo de la mañana se duerme. Sus sueños son oscuros.

El sol se levanta entre bosques y montañas. Hay nieve por todas partes. El hombre se pone su abrigo y sale. La mujer le dice que tenga cuidado. Que vuelva pronto. No lo hará.

Poco antes del mediodía la chica está sentada junto a la ventana con un libro entre las piernas que no lee. Mira hacia afuera y ve unos jinetes acercándose. La mujer manda a la chica al sótano. La chica no quiere ir y empiezan a discutir. La mujer le grita y la chica obedece. La mujer corre hacia la alacena y saca la escopeta que guardó la noche anterior y se echa varios cartuchos al bolsillo. Sus manos tiemblan y algunos de los cartuchos caen al suelo y ella los mira rodar hasta que siente las lágrimas derramarse por sus mejillas.

La chica se sienta en la oscuridad del sótano entre latas de conserva y barriles de agua. Los pasos de su madre en el piso de arriba resuenan como truenos. Alguien llama a la puerta y se oyen voces. La puerta se abre y las voces se oyen más fuertes y claras pero aún indistinguibles.

Gritos en el piso de arriba. Un golpe contra el suelo y algo que se cae. Entonces hay un estallido y todo queda en silencio.

La chica se levanta y atraviesa a tientas el sótano y llega a la trampilla que da al exterior. Sube los peldaños y descorre el cerrojo, despacio. Mira a su alrededor y se asegura de que no hay nadie antes de echar a correr.

La chica corre sin mirar atrás. Corre hasta que no le quedan fuerzas y le arden los pulmones. Un relincho en la distancia. Aprieta los ojos y sigue corriendo. Frente a ella hay un terraplén. Esta vez, la chica lo ve y lo rodea para no caer por él. A lo lejos vislumbra una línea de árboles.

El jinete llega a lo alto del terraplén y detiene a su caballo. El animal cabecea nervioso. El jinete sonríe y se sujeta al arzón de la silla y saca el rifle. La muchacha corre en línea recta hacia los árboles. El jinete contiene la respiración.

La chica cae sobre la nieve. La bala se ha alojado en su pulmón derecho. Una brasa de plomo que se mueve cuando respira. No siente dolor. Intenta incorporarse pero no lo consigue. Se arrastra con los codos sobre la nieve hasta que ya no le quedan fuerzas y se da la vuelta y mira al cielo luchando por respirar.

El joven llega caminando desde la línea de árboles y se arrodilla junto a la chica. Con delicadeza, la ayuda a incorporarse y la sostiene entre sus brazos. La chica no puede ver su rostro.

—Una vez casi lo consigues. Llegaste a los árboles y corriste hasta un lago y te escondiste. Aquella vez no había nieve. El planeta era más cálido. No sirvió de nada. Te habías caído en el terraplén, aquel de allí, el que hoy has evitado. Una costilla se te había clavado en el pulmón. Te quedaste dormida y eso fue todo.

»Después, durante un tiempo, creí que te había perdido. Hice algunos cambios, pero desapareciste. Los cambios fueron buenos. No estalló la guerra, o lo hizo en otros lugares y aquí no llegó. Las ciudades florecieron y había conejos salvajes y flores en las montañas. Pero tú no nacías. Esperé y esperé, pero no llegaste a existir. Al cabo de tres milenios decidí detenerlo y empezar de nuevo.

»Es como una sinfonía, ¿sabes? Debo encontrar la nota precisa para que vivas. Aún no sé cómo ni por qué. No importa cuántas veces lo intente, o si trato de olvidarte y crear una nueva versión, más radiante y mejor, en la que el hombre no evolucione jamás y el universo estalle de vida por doquier. No importa cuánto quiera alejarme de ti, siempre vuelvo a este momento, siempre intento salvarte. Dime, ¿por qué?

La chica siente la sangre en la boca y el frío la adormece. Sus manos arañan la nieve y no siente su tacto entre los dedos. Mira al cielo y tras las nubes la oscuridad se cierra por completo.

—¿Me estoy muriendo?

—No tú. Todo. —El chico estrecha su abrazo en torno a ella—. Esta vez funcionará. Esta vez te salvaré.

Ahora todo vuelve a empezar.